Claudio

Pocas cosas le salieron bien a Claudio Bravo durante su primera temporada en el Manchester City y nadie mejor que él podría explicar el momento competitivo por el que atraviesa Chile, una selección que ha perdido brillantez pero que ha ganado, desde la victoria, un carácter que le acerca a la misma. Acostumbrado a ello en los últimos años, la selección de Juan Antonio Pizzi jugará la final de la Copa Confederaciones después de que su arquero detuviera tres penaltis en una nueva tanda, el lugar que le otorgó la piel de campeón de América que hoy luce. La actuación del meta chileno, mentalmente atronadora desde los once metros, puso de manifiesto el idilio de La Roja con los momentos decisivos. De esa costumbre se forjó el poder de un ciclo que podría cerrarse inmaculadamente el próximo domingo.
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El encuentro, no obstante, el que le midió a la Portugal de Cristiano y Fernando Santos, fue bastante parejo en los primeros 90 minutos. Nada fue claro en términos abundantes, no hubo demasiadas ocasiones claras, no hubo un dominio claro, ni aún en posibles alternancias ningún equipo se abalanzó con determinación, dejando el decidir del choque en un control medido, que caracteriza de por sí al conjunto luso y que en Chile, pese a salir jugando siempre desde atrás, es también un rasgo adquirido cuando esa circulación de balón es de ritmo inferior a lo visto con Sampaoli. Portugal, físicamente superior en centímetros, tendría la posibilidad de desequilibrar a balón parado, arma crucial en el fútbol de hoy, una semifinal que Chile trataría de descifrar a través de la posesión.

Desbaratadas las dos grandes ocasiones del choque en su tiempo reglamentario, el choque entre chilenos y portugueses, fue pausado, ciertamente interrumpido en la primera mitad. Para mantenerse equilibrado sin atacar abierto e ir picoteando cada cierto tiempo, Fernando Santos cuenta con dos futbolistas que hacen mucho daño entre líneas, Cristiano Ronaldo y Bernardo Silva, una situación potencialmente interesante si se trabaja bien la zona de recepción de Chile de mitad de campo hacia delante. Los de Pizzi abren el campo y sitúan a muchos futbolistas por delante del balón en su salida, favoreciendo opciones al poseedor para instalarse arriba con posibilidad de que sus mejores hombres aparezcan. Con la adquirida virtud en los cracks de hoy, muy colectivos en casi cada lance del juego ocurrido en esos 50 metros, Alexis Sánchez fue una vez más el armador del juego ofensivo de los suyos.
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Esa manera de salir desde atrás proyectando a todos sus hombres a mucha altura, hace de Chile un equipo que necesita mucho ritmo ofensivo para desordenar y robar arriba, de lo contrario, corre en exceso para recuperar metros, convirtiéndose en un equipo largo, la antítesis de su mejor versión. En esas transiciones, Portugal, que para ello debía ceder la iniciativa pero manteniendo la línea defensiva no demasiado atrás, fue encontrando apoyos para su fútbol, siempre ordenado ofensivamente, caracterizado por acciones reconocibles de sus bandas, siempre con tendencia interior a pesar de recibir muchas veces por fuera y la incorporación de sus laterales, más comedidos por la presencia de Vargas y Alexis, más veloces que Alves y Fonte. Santos decidió ser aún más precavido y cerrar siempre con uno más.